Así se conocieron Fabián y Nana.
Durante la vuelta al mundo, en Bangkok, conocí a una puta. No hablo de conocerla en el sentido bíblico. Era
la noche de Loy Kratong, el Festival de las Luces, una celebración muy hermosa en la que los tailandeses depositan
pequeñas balsas con lamparitas de aceite, que flotan río abajo, portadoras de sueños. Si estás de vacaciones con
Carrefour, puedes comprar un balón de papel de arroz a un precio abusivo y hacerlo volar y subir las fotos al Insta.
Pero la gente de a pie, va a la orilla del río a depositar balsitas, que requiere menos logística, inversión e I+D+I. El río
refleja las linternas que navegan, trémulas, como almas fugitivas, y por un instante te sientes uno con todos, con el
turista alemán que se ríe torpemente mientras su kratong vuelca, con el gordito amargado que murmura una oración
apenas audible mientras sostiene la mano de su madre ciega, con los amantes adolescentes que intentan besarse bajo
las sombras del puente Rama VIII. Pero al mismo tiempo, te sientes absolutamente solo, como si este espectáculo fuera
una burla: una señal de que incluso tus deseos más secretos están condenados a disolverse en el agua sucia del río.
Los kratong flotan como pensamientos sueltos, una procesión de cestas de bambú y hojas de plátano que
arden suavemente, llevando tus deseos, tus remordimientos, y todo lo que no te atreves a decir en voz alta.
Y allí estaba Nana. Tendría veintipocos años e iba con el uniforme de trabajo, pero había bajado al río a
depositar su kratong.
—¿Qué estás pidiendo? —le pregunté, la voz medio tragada por el ruido del río y el estruendo de un cohete
en la distancia.
Me miró entonces, y fue como si el mundo entero quedara en silencio por un instante insoportablemente
largo. Sus ojos eran grandes, pero no brillaban como esperaba; tenían una opacidad que dolía, como una ventana que
lleva demasiado tiempo cerrada.
—Nada —respondió, y su voz era suave, pero tenía filo. Como si "nada" fuera su escudo, su forma de proteger
algo que no quería decir.
Después, se fue, y me dejó el corazón en los huesos.
De alguna forma, sabía que tenía que contar su historia.