Bienvenido al universo de Nana.


Hay lugares donde amor y dinero comparten el mismo perfume. Dicen que en Isan nacen las mujeres más bellas de Tailandia, pero también las más mentirosas. Tal vez la belleza lleve consigo una maldición. Es el tipo de lugar donde las almas nacen viejas. Allí crece Nana, en una de las regiones más pobres de Tailandia, donde los campos se queman cada año para poder volver a sembrarlos. Nana aprende pronto que el cuerpo también arde, que la pobreza se hereda y que hay destinos grabados por el fuego. Cuando llega a Bangkok, la ciudad la somete sin piedad. En los neones de Soi Cowboy, Nana descubre un mundo donde el deseo es mercancía, el poder siempre tiene un precio y el amor nunca es inocente.

Escrita con una prosa hipnótica, sensorial y feroz, La balada de Soi Cowboy es una novela sobre la ambición y el deseo, pero también sobre la memoria, la herencia y el precio de sobrevivir.

FICHA EDITORIAL
SALA DE PRENSA

Portada del libro

¿Quieres ser el primero en enterarte de todo?

El callejón de los sueños rotos.

Soi Cowboy es uno de los callejones más icónicos de Bangkok. A pesar de que la ciudad tiene una inmerecida fama de ser un antro de perdición, en realidad hay sólo tres lugares que concentran la inmensa mayoría de los prostíbulos de la ciudad: Soi Cowboy, Soi Nana y Pat Pong Night Market. Y ni siquiera son muy impresionantes. Por ejemplo, Soi Cowboy mide solo 150 metros. Pero allí se concentran cuarenta bares de go-gos y un pequeño colmado que se resiste a dar su brazo a torcer.

Soi Cowboy vio la luz a principios de los años setenta, cuando un exmilitar afroamericano llamado T. G. «Cowboy» Edwards, alto, con sombrero tejano, gafas doradas e inconfundible carisma, abrió uno de los primeros go-go bars en una pequeña calle sin asfaltar, cerca de la intersección entre Sukhumvit y Asok. A T. G. Edwards lo apodaron «Cowboy» por su inseparable sombrero de vaquero y, con el tiempo, el callejón entero heredó su nombre. Antes de su llegada, aquel no era más que un lúgubre pasillo entre edificios. T. G. lo transformó con luces de neón, tangas fluorescentes y tragos baratos. Si se recorre de día, parece una callejuela decepcionante, tristona. Por la noche, en cambio, sufre una radical metamorfosis. A diferencia de Patpong -más turística- o Nana Plaza -cerrada y controlada por el poderoso Panthera Group-, Soi Cowboy se volvió un lugar ambiguo, donde la decadencia tenía -y sigue teniendo- un toque casi alegre.

Una aventura literaria.

Fabián C. Barrio no se limitó a imaginar ese mundo. Se adentró en él. Caminó bajo los neones de Soi Cowboy, cruzó puertas que no estaban hechas para turistas y se quedó el tiempo suficiente como para entender lo que allí se respira cuando cae la noche. Escuchó historias, observó gestos, sintió de cerca la mezcla de deseo, poder y desgaste que sostiene ese ecosistema invisible.
De ese descenso nace La balada de Soi Cowboy: una novela escrita con el pulso de quien ha mirado demasiado de cerca y ya no puede fingir distancia. Porque hay lugares que no se cuentan desde fuera. Hay que entrar, pagar el precio, y salir con algo que arde entre las manos.

En la lista de correo que cuenta la trastienda de este libro se cuentan historias fascinantes. Aquí tienes algunas de ellas.

🟣 Retrato de una obsesión (maldita IA)
🟣 La magdalena de Proust en un cuenco de plástico
🟣 Así la encontré, detrás de una cortina de terciopelo
🟣 Mi arma secreta
🟣 Dos cosas que me quedaron en el tintero
🟣 Domesticar lo extraordinario o el McDonald’s del fornipicio

En este formulario puedes recibir estas historias en tu email cada vez que se publiquen:

¿Quieres ser el primero en enterarte de todo?

Los sabores de Tailandia.

A la hora de escribir la novela, Fabián C. Barrio se desplazó a Bangkok en busca de inspiración. Pero esta no llegó de repente. Lo cuenta asi:

"Cuando la novela sólo existía en tu mente, estuviste cuatro o cinco días deambulando por Bangkok como un alma en pena, con tu dictáfono en la muñeca, buscando a la desesperada algún detonante que te sentara a escribir. No llegaba. La novela no quería ser escrita, todavía. Pero ese día te sentaste en el puesto de la mujeruca. Y probaste su ensalada de papaya verde. Y entonces, todo cobró sentido. Aquella tarde escribiste furioso más de quince páginas. Cubierto de sudor. Aporreando el teclado con furia."

La comida es una de esas cosas que no se discuten, se sienten. En literatura funciona como un atajo directo al cuerpo. Tú puedes describir una calle, una habitación, una ciudad… pero cuando alguien mastica, traga, huele, se pringa las manos, el lector deja de mirar la escena y empieza a estar dentro. Ahí entra lo que Proust evocó con su magdalena: la memoria no es un archivo ordenado, es una emboscada sensorial. El gusto y el olfato tienen línea directa con el sistema límbico. Si haces comer a tu personaje, haces recordar al lector.

Así nació Nana.

Hay una historia detrás de esta novela. Una historia que empieza mucho antes de que se escribiera la primera palabra, en noches densas donde el aire pesa y el neón parece latir como una herida abierta.
Nana empezó a existir en 2010, sin nombre todavía, como una intuición incómoda que volvía una y otra vez. Desde entonces ha ido creciendo en silencio, alimentándose de escenas, de viajes, de fragmentos de realidad que se iban pegando como sudor en la piel.

Esta novela es el resultado de ese proceso lento, casi obsesivo. De mirar demasiado tiempo donde otros apartan la vista. De entender que hay historias que no se cuentan desde fuera, porque exigen ser atravesadas. Y cuando por fin toman forma, ya no te pertenecen del todo. Conoce la historia completa.

Así se conocieron Fabián y Nana.


Durante la vuelta al mundo, en Bangkok, conocí a una puta. No hablo de conocerla en el sentido bíblico. Era la noche de Loy Kratong, el Festival de las Luces, una celebración muy hermosa en la que los tailandeses depositan pequeñas balsas con lamparitas de aceite, que flotan río abajo, portadoras de sueños. Si estás de vacaciones con Carrefour, puedes comprar un balón de papel de arroz a un precio abusivo y hacerlo volar y subir las fotos al Insta.
Pero la gente de a pie, va a la orilla del río a depositar balsitas, que requiere menos logística, inversión e I+D+I. El río refleja las linternas que navegan, trémulas, como almas fugitivas, y por un instante te sientes uno con todos, con el turista alemán que se ríe torpemente mientras su kratong vuelca, con el gordito amargado que murmura una oración apenas audible mientras sostiene la mano de su madre ciega, con los amantes adolescentes que intentan besarse bajo las sombras del puente Rama VIII. Pero al mismo tiempo, te sientes absolutamente solo, como si este espectáculo fuera una burla: una señal de que incluso tus deseos más secretos están condenados a disolverse en el agua sucia del río.
Los kratong flotan como pensamientos sueltos, una procesión de cestas de bambú y hojas de plátano que arden suavemente, llevando tus deseos, tus remordimientos, y todo lo que no te atreves a decir en voz alta. Y allí estaba Nana. Tendría veintipocos años e iba con el uniforme de trabajo, pero había bajado al río a depositar su kratong.

—¿Qué estás pidiendo? —le pregunté, la voz medio tragada por el ruido del río y el estruendo de un cohete en la distancia.

Me miró entonces, y fue como si el mundo entero quedara en silencio por un instante insoportablemente largo. Sus ojos eran grandes, pero no brillaban como esperaba; tenían una opacidad que dolía, como una ventana que lleva demasiado tiempo cerrada. —Nada —respondió, y su voz era suave, pero tenía filo. Como si "nada" fuera su escudo, su forma de proteger algo que no quería decir.

Después, se fue, y me dejó el corazón en los huesos.
De alguna forma, sabía que tenía que contar su historia.

Donde nunca llegan los turistas.

La novela arranca en Isan. Es una tierra que no busca seducirte, tal vez por ese motivo acaba haciéndolo. El aire llega caliente, espeso, con ese olor a arroz cocido, a tierra seca que ha aprendido a sobrevivir con casi nada. La naturaleza crece como quien aprieta los dientes. Los campos de arroz se extienden al ritmo fatigoso de una respiración antigua, marcados por estaciones que no entienden de prisa. Hay búfalos hundidos en el barro, con esa calma que parece sabiduría o resignación. Los pueblos son un puñado de casas de madera, perros que duermen sin moverse durante horas, y niños que corren tras los sapos con esa risa etérea que da la tierra. Cuando cae la noche, Isan cambia de tono. Aparecen los braseros, el humo repta lento, y alguien machaca chile en un mortero con una cadencia casi hipnótica. El som tams es un latido: ácido, picante, directo. El calor no se va del todo, y hay una sensación persistente de que el tiempo no avanza. Simplemente se repite, como si cada día fuera una variación mínima del anterior. Y en medio de todo eso persiste una dignidad callada. Isan ha sido históricamente olvidado, exprimido, mirado por encima del hombro desde Bangkok. Pero hay una identidad que se agarra fuerte, en la lengua, en la música mor lam que suena como una nostalgia alegre, en la manera de reírse incluso cuando no sobra nada.

¿Quieres ser el primero en enterarte de todo?

Protección de datos | Baja de la lista
Espasa